"PISA 2025 no descubrió nada nuevo; solo puso en titulares lo que las evaluaciones nacionales venían advirtiendo repetidamente desde hace años. El riesgo ahora es quedarnos en el ranking y no en lo que realmente importa: qué y cómo están aprendiendo nuestros estudiantes".
Por: Fernando Llanos Masciotti

Una lectura crítica más allá del ranking
Hace algunas semanas se dieron a conocer los resultados de PISA 2025. Esta evaluación internacional mide cada tres años las competencias en Lectura, Matemática y Ciencias de estudiantes de 15 años. En el Perú participaron 6991 estudiantes de 260 instituciones educativas.
El informe de la OCDE es contundente. El 52,5% de los estudiantes peruanos se ubicó por debajo del nivel 2 en Ciencias, el 58,2% en Lectura y el 69,5% en Matemática. El nivel 2 es el umbral que la OCDE considera como el desempeño mínimo para participar plenamente en la sociedad. Esto significa que más de la mitad de los estudiantes evaluados solo puede resolver tareas de baja demanda cognitiva: establecer relaciones causales simples, hacer lecturas literales de textos breves, reconocer el tema central de textos cotidianos y aplicar procedimientos básicos y rutinarios.
Los puntajes promedio lo confirman. El Perú quedó por debajo del promedio de los países de la OCDE en las tres áreas: 76 puntos menos en Ciencias (406 frente a 482), 71 puntos menos en Lectura (390 frente a 461) y 81 puntos menos en Matemática (382 frente a 463).
Lo que no dicen los titulares sobre PISA
Sin embargo, estos resultados deben leerse con algunas consideraciones, que a veces quedan fuera de los titulares.
1. El ranking de PISA no es un ranking mundial. Existen alrededor de 195 países en el mundo y PISA 2025 evaluó a 91 países y economías, es decir, menos de la mitad. Algunos participantes, además, no son países completos, sino regiones o ciudades, como Macao o Hong Kong. El Perú se ubicó en el cuarto inferior de los evaluados, pero eso no permite decir que esté entre los sistemas educativos con más bajo rendimiento del mundo, pues no sabemos cómo les iría a los países que no han participado.
2. PISA mide a todos con la misma regla, pero no todos parten del mismo lugar. La OCDE plantea que los resultados de PISA permiten a educadores y responsables de políticas aprender de las experiencias de otros países. Sin embargo, hay límites en esta comparación. Los sistemas educativos funcionan en contextos muy distintos: difieren en desarrollo económico, inversión educativa por estudiante, desigualdad social, diversidad cultural y lingüística, valoración social de la profesión docente, entre otros factores. Una política exitosa en un país no garantiza los mismos resultados en otro. Por ello, es mejor evitar comparaciones que ignoren las condiciones de cada país.
3. Una prueba no basta para evaluar la calidad de todo un sistema educativo. La calidad educativa comprende múltiples componentes: infraestructura, materiales educativos, pertinencia cultural, clima escolar, inversión por estudiante, formación docente, prácticas pedagógicas y carrera pública magisterial, entre otros. PISA recoge información sobre algunos de ellos mediante cuestionarios, pero lo que evalúa directamente son solo los aprendizajes de los estudiantes en tres áreas.
4. PISA deja de lado competencias importantes. La OCDE se centra en Lectura, Matemática y Ciencias porque las considera fundamentales para la vida adulta. Además, son competencias que pueden medirse de forma estandarizada con bastante facilidad. Pero así, quedan fuera otras áreas del currículo, como el arte y las ciencias sociales, y habilidades como la cooperación o la creatividad, necesarias en el siglo XXI. Si bien es cierto que PISA ha incorporado algunos otros dominios, como la resolución colaborativa de problemas (2015), el pensamiento creativo (2022) o el aprendizaje en el mundo digital (2025). Pero estos son opcionales o rotativos, y los rankings que concentran la atención pública se basan en las tres áreas centrales.
5. Los puntajes de PISA no garantizan la competitividad económica futura de un país. Estados Unidos ha obtenido resultados cercanos o incluso inferiores al promedio de la OCDE y, sin embargo, sigue siendo una de las economías más innovadoras del mundo, con liderazgo en tecnología, investigación científica y creación de empresas. Finlandia, en cambio, encabezó los rankings entre 2000 y 2006, pero tras la crisis de 2008 y el colapso de Nokia su economía tuvo varios años de estancamiento. Vietnam obtiene desde 2012 puntajes superiores a los de muchos países ricos, pero sigue siendo un país de ingreso medio con baja productividad. También, hay que decirlo, que Corea del Sur y Singapur combinan puntajes altos con un fuerte crecimiento económico. Pero incluso en estos casos, la educación actuó junto con políticas industriales, tecnológicas e institucionales. La relación entre rendimiento escolar y competitividad no siempre es automática.
Diagnósticos conocidos, soluciones postergadas
Ni las causas ni las soluciones que hoy se discuten a raíz de PISA 2025 son nuevas. Desde hace años, especialistas, organismos nacionales e internacionales y los propios documentos de política educativa del país vienen señalando los mismos problemas y proponiendo respuestas similares.
Una de las causas más señalada es la inestabilidad política. La sucesión de 14 ministros de Educación desde el 2016 impidió dar continuidad a las políticas del sector: cada gestión puso sus prioridades (en las últimas, casi ninguna) y dejó inconclusas las iniciativas de la anterior. A ello se suma el debilitamiento de la carrera docente. La formación inicial y en servicio de los docentes sigue siendo todavía insuficiente. Otra causa es la deficiente implementación del Currículo Nacional. Finalmente, los efectos de la pandemia supusieron en el Perú uno de los cierres escolares más prolongados del mundo, y las brechas estructurales entre zonas urbanas y rurales y entre estudiantes de distintos niveles socioeconómicos estuvieron agravadas por una inversión educativa insuficiente.
Las soluciones también forman parte de un consenso antiguo. La primera es garantizar la continuidad de las políticas educativas como políticas de Estado, más allá de los cambios de gobierno. La segunda es revalorizar la profesión docente: fortalecer su formación inicial y continua, restablecer la exigencia meritocrática en el ingreso y el ascenso, y mejorar sus condiciones laborales. La tercera es implementar efectivamente el currículo vigente, con acompañamiento pedagógico en las escuelas, en lugar de reemplazarlo por otro. La cuarta es aumentar y hacer más eficiente la inversión educativa, con equidad, es decir, priorizando a las poblaciones más vulnerables.
El problema no ha sido, pues, la falta de diagnóstico, sino la falta de voluntad y de continuidad para aplicar lo que ya se sabía. PISA 2025 no descubrió nada nuevo; solo puso en titulares lo que las evaluaciones nacionales venían advirtiendo repetidamente desde hace años. El riesgo ahora es quedarnos en el ranking y no en lo que realmente importa: qué y cómo están aprendiendo nuestros estudiantes.
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