domingo, 14 de febrero de 2021

VOCACIÓN DE SERVICIO Enfermeros de los Andes y el monte

 


FOTOGRAFIA

Esta semana, los licenciados Liz Gómez Quispe y Jackson Shuña fueron de los primeros en vacunarse en el país contra el covid-19.

14/02/2021 Ellos conocen, desde la primera línea, lo que es hacer campañas de salud en zonas rurales de la sierra y la selva, y lo que es la batalla diaria contra el temible covid-19.

José Vadillo Vila

Periodista

jvadillo@editoraperu.com.pe



1 

Yo soy de la misma provincia de La Oroya [región Junín]. Desde niña tuve la vocación de ayudar a las personas. Somos dos hermanos y soy la única que trabaja en el área de salud.

Me vine a estudiar Enfermería a Lima porque en tiempos del terrorismo era muy difícil quedarse a estudiar en La Oroya o Huancayo.

Empecé a trabajar en el puesto de salud del Rosario, de la red de salud de Jauja. Luego me enviaron al puesto de salud de Marcapomacocha [a 4,425 metros sobre el nivel del mar, en la provincia de Yauli, Junín]. Ahí estuve 16 años.

Era un establecimiento pequeño, de nivel 1-1, donde solo había una enfermera y una técnica. No había médico, entonces, como enfermera, me encargaba prácticamente de todas las actividades.

Marcapomacocha es una zona netamente ganadera, y los accidentes más frecuentes de personas y ganado eran por la caída de rayos. Tampoco hay veterinarios y a veces las personas nos han solicitado apoyo para salvar a sus animalitos.

Tuve la oportunidad de atender muchos partos, algunos institucionales y, la gran mayoría, en los domicilios, por las ideas arraigadas de la población, que prefieren dar a luz cerca a su familia, en su casa. Hoy, las cosas han cambiado gracias al trabajo de concienciación y promoción de la salud que hemos hecho.

Porque el papel de las enfermeras en las zonas rurales es muy importante: nos encargamos de lo preventivo-promocional. Tenemos que educar, enseñar estilos de vida saludable y crear conciencia en las autoridades para llegar a todos los anexos. A los pobladores les inculcamos que no esperen enfermarse para que acudan recién al establecimiento.

También nos dedicamos a inmunizar a toda la población, desde recién nacidos hasta adultos mayores.

Vacunar es un trabajo arduo, un reto, porque por años las mamás tenían bastante temor de inmunizar a sus niños por ciertas sintomatologías posvacunas y también por el machismo, ‘mi esposo se va a molestar’. Pero, definitivamente, hemos logrado dar un giro de 180 grados: hoy, las mamás están seguras plenamente de que las vacunas salvan vidas.

Antes, para una emergencia teníamos que hacer un viaje de más de dos horas hasta La Oroya o referir a los pacientes a Canta o Chosica, donde muchos tienen familia.

Gracias a Dios, ahora el puesto de Marcapomacocha subió a nivel 1-2. Cuenta con un médico y una obstetra Serums, una enfermera y dos técnicos.

000

Soy casada, tengo tres hijos. De 23, 17 y 7 años. Ellos viven en Huancayo. Me hubiese gustado que llevaran mi vocación, pero ven que es muy sacrificada la vida del persona de salud. Ellos han crecido con mis padres. Algo que uno tiene que asumir es ser responsable con tu trabajo, con tu profesión… y sacrificar a tu familia. Saqué mucha valentía y coraje, teniendo la esperanza de que en algún momento volveríamos a encontrarnos todos sanos y felices para recuperar los momentos gratos.

000

La licenciada Liz Gómez Quispe tiene 47 años. Hace tres meses la reasignaron al centro de salud de Santa Rosa de Saco, de la ciudad metalúrgica de La Oroya. Es un centro de nivel 1-4. Una realidad laboral muy distinta.

Si en Marcapomacocha los casos del covid-19 fueron escasos y no se llegó a complicaciones (gracias a un trabajo de la mano con las autoridades locales), a Santa Rosa de Saco casi todos los días llegan pacientes con el virus.

Son captados a tiempo; la gran mayoría de casos no se complican, cuenta la licenciada, que como todos los enfermeros del centro asume los turnos de atención a los pacientes covid. De los compañeros que se contagiaron, solo un obstetra falleció por la enfermedad. “Siempre lo recordamos. Es muy triste haber perdido un profesional que tenía mucho por delante”, dice. En Junín, Gómez ha perdido a muchos colegas y personas cercanas por el temible nuevo coronavirus.

Ahí, desde la primer línea, ve que esta segunda ola es más agresiva que la primera, con más casos.

El martes 9, las vacunas contra el covid-19 llegaron para el personal de salud oroyino. Ese día, en una ceremonia con el Presidente de la República, Gómez se convertía en la primera sanitaria de la Microrred La Oroya-Red de Salud Jauja en recibir la inmunización.

“Nosotros tenemos que estar protegidos para continuar haciendo lo que mejor sabemos hacer: inmunizar, y de esta manera cuidar a más personas”, dice.

2 

Tengo 32 años y hablo español, urarina, kukama kukamiria y ashuar. Nací en Trompeteros [distrito de la provincia de Loreto, región Loreto], pero me crié en el distrito de Nauta. Desde mi infancia me gustó la salud. Mi papá, Artidoro Shuña, es de la comunidad kukama kukamiria, de San Juan de Lagunillas, y en 1989 se convirtió en el primer técnico de salud que vino a trabajar a Trompeteros.

Estudié Enfermería en la Universidad de la Amazonía Peruana.

Mi propuesta es trabajar con la salud intercultural de las cuencas amazónicas. Cuando en el 2012 obtuve el primer lugar en el Serums [el Servicio Rural y Urbano Marginal en Salud], tenía la opción de elegir dónde trabajar. Yo elegí mi distrito, Nauta.

Todos se sorprendieron de mi elección, también mi papá, pero está contento porque hemos compartido muchas acciones juntos.

Para llegar a los pueblos más alejados, como Corrientes, José Olaya o 12 de Octubre, necesitamos navegar hasta tres días.

Me dieron la encargatura de la intervención de la malaria en la cuenca de los ríos Tigre, Corriente y Chambira. Luego, trabajé con las brigadas de intervención contra la tos ferina, el dengue. En el 2017-2018 fui jefe de la Red de Salud Loreto-Nauta.

Luego, dirigí la unidad ejecutora 407. En el 2019 trabajamos en la vacunación de niños y otros programas. En el 2020 me destacaron al Ministerio de Salud, pero no pude irme por temas familiares.

En Nauta, haciendo la investigación de un caso de covid-19, me contagié . Por la enfermedad, me tuve que salir de la casa por tres o cuatro meses, por el riesgo de infectar a mi familia. El 27 de abril, el día que me dieron de alta, mi hijito cumplía 3 años. Solo de lejos le pude cantar el cumpleaños feliz.

Nos contactamos con el asesor de la [ex] ministra Mazzetti, le dijimos que la gente en Nauta no se iba a morir por la malaria, sino por el covid-19 y colaboramos en la elaboración del Plan Amazónico Covid.

Entre servidores de salud y civiles recorrimos las distintas cuencas. La cooperación coreana nos ayudó con oxígeno. Busqué el apoyo de los apus de las federaciones indígenas. Felizmente, entendieron la emergencia, que el covid-19 mata y que ya no había camas en los hospitales de Iquitos. Empezaron a usar mascarillas de tela, a hacer la cuarentena en sus comunidades, les ayudamos con medicamentos y otros temas.

La microrred de salud Nauta tenía 317 trabajadores, ahora son más de 500 para una población que supera los 90,000 adultos. Son mestizos o de los pueblos originarios ashuar, jíbaros, quichuas, urarina, kukama kukamiria. Aumentó la demanda de atención y también había más personas vulnerables al virus. Fallecieron muchos médicos, enfermeros y técnicos.

Gracias a las medidas, hemos tenido en toda la provincia solo alrededor de 200 fallecidos. Es una de las cifras más bajas de toda la región Loreto.

000

Jackson Shuña es el encargado de la vigilancia de epidemias en el centro de salud Nauta de la microrred Loreto-Nauta. Desde hace tres meses, está dedicado al tema asistencial.

Este año, fue el primer integrante de la microrred en trasladar de Nauta a Iquitos pacientes con nuevo coronavirus.

El martes se convirtió en el primer sanitario de la Amazonía en vacunarse contra el covid-19.

Para él, es importante porque es “una persona orgullosa de haber nacido en la selva y de poder ayudar a fortalecer el sistema de salud de los pueblos más distantes”.

Su inmunización, dice, es necesaria porque él representa a miles de profesionales de la primera línea. Hay, también, un impacto en la población, a la que siempre, como enfermero, recomienda el uso de mascarillas, cumplir con el distanciamiento social y evitar las aglomeraciones.

“Ahorita, las vacunas ya llegaron al establecimiento de salud donde trabajo. Lo importante es que poco a poco vamos enfrentando mejor al covid-19. Solo les digo a todos que, por favor, no bajemos la guardia. Me preocupa que el virus llegue a las comunidades de las fronteras porque son personas muy vulnerables”, dice.


EL PERUANO


sábado, 13 de febrero de 2021

Obispos de México: "El mensaje del Papa Francisco, como Pastor, penetró el corazón de todo nuestro pueblo"

 La Iglesia mexicana conmemora la visita del papa Francisco a México hace 5 años


Papa, en México
Papa, en México

"En su visita, Francisco abrazó con ternura a nuestras familias, jóvenes, enfermos, migrantes, pueblos originarios e internos de centros penitenciarios"

"Nos motivó a seguir valorando las raíces de nuestro pasado para reconocer la riqueza que poseemos como nación; y a entregarnos, para que nuestra sociedad tenga el aliento vital de la Iglesia"

"¡Gracias, Santo Padre! Por su oración y cariño para nuestro pueblo. Lo tenemos siempre presente, en nuestras oraciones, en nuestra mente y corazón. México lo quiere mucho"

Conmemorando la Visita del Papa Francisco a México

Hoy con gran alegría rememoramos la hermosa Visita Apostólica del Santo Padre, el Papa Francisco a nuestro País, que se llevó a cabo del 12 al 18 de febrero del 2016. Llegó a nuestra Patria como misionero de misericordia y de paz, para confirmarnos en la fe y alentarnos en la esperanza.

El escenario de la tierra bendita de nuestro pueblo, tan querida por Dios y por Santa Maria de Guadalupe, experimentó la unión de mentes y corazones en una “Casita Sagrada”, como soñó nuestra Madre de Guadalupe. Y la voz de Cristo resonó con gran fuerza en los labios de aquel que es bendito, porque vino en el nombre del Señor, el Papa Francisco, quien nos recordó la verdad simple y fundamental para todo fiel: que Dios nos quiere con amor infinito y que permanece siempre a nuestro lado.

El mensaje del Papa Francisco, como Pastor, penetró el corazón de todo nuestro pueblo, y con especial predilección y paternidad espiritual abrazó con ternura a nuestras familias, jóvenes, enfermos, migrantes, pueblos originarios e internos de centros penitenciarios. Buscó estrechar lazos entre los distintos actores de la vida social, política y laboral de nuestro país. Nos motivó a seguir valorando las raíces de nuestro pasado para reconocer la riqueza que poseemos como nación; y a entregarnos, para que nuestra sociedad tenga el aliento vital de la Iglesia, que con la trasmisión viva de la fe, contribuye a construir la paz.

La presencia del Papa fue un gran aliento e impulso para toda la Iglesia: pastores, laicos y religiosos. A  los obispos y sacerdotes nos exhortó a ser pastores con mirada transparente y a llevar en el corazón la gran preocupación de acompañar y atender a todo nuestro pueblo, para que vean en nosotros, sacerdotes y obispos, las huellas del Maestro de Nazaret, Jesucristo. Para ello, nos alentó a tener audacia profética, y a implementar un serio y cualificado proyecto de pastoral para testimoniar la presencia del Señor en medio de nosotros. Lo cual hemos hecho, y hoy, guía nuestra acción pastoral hacia el 2031, V Centenario del Acontecimiento Guadalupano, y hacia el 2033, II milenio de nuestra Redención.

Finalmente nos animó mucho a ser testigos de Jesucristo, en  nuestras familias y comunidades, a trabajar por la reconciliación social y, sobre todo, a mantener la esperanza ante los problemas que afligen a nuestro país.

¡Gracias, Santo Padre! Por su oración y cariño para nuestro pueblo. Lo tenemos siempre presente, en nuestras oraciones, en nuestra mente y corazón.



lunes, 4 de enero de 2021

Mensaje del Santo Padre Francisco para la celebración de la 54 Jornada Mundial de la Paz 2021

 Mensaje del Santo Padre Francisco para la celebración de la 54 Jornada Mundial de la Paz

La cultura del cuidado como camino de paz

1. En el umbral del Año Nuevo, deseo presentar mi más respetuoso saludo a los Jefes de Estado y de Gobierno, a los responsables de las organizaciones internacionales, a los líderes espirituales y a los fieles de diversas religiones, y a los hombres y mujeres de buena voluntad. A todos les hago llegar mis mejores deseos para que la humanidad pueda progresar en este año por el camino de la fraternidad, la justicia y la paz entre las personas, las comunidades, los pueblos y los Estados.

El año 2020 se caracterizó por la gran crisis sanitaria de COVID-19, que se ha convertido en un fenómeno multisectorial y mundial, que agrava las crisis fuertemente interrelacionadas, como la climática, alimentaria, económica y migratoria, y causa grandes sufrimientos y penurias. Pienso en primer lugar en los que han perdido a un familiar o un ser querido, pero también en los que se han quedado sin trabajo. Recuerdo especialmente a los médicos, enfermeros, farmacéuticos, investigadores, voluntarios, capellanes y personal de los hospitales y centros de salud, que se han esforzado y siguen haciéndolo, con gran dedicación y sacrificio, hasta el punto de que algunos de ellos han fallecido procurando estar cerca de los enfermos, aliviar su sufrimiento o salvar sus vidas. Al rendir homenaje a estas personas, renuevo mi llamamiento a los responsables políticos y al sector privado para que adopten las medidas adecuadas a fin de garantizar el acceso a las vacunas contra el COVID-19 y a las tecnologías esenciales necesarias para prestar asistencia a los enfermos y a los más pobres y frágiles[1].

Es doloroso constatar que, lamentablemente, junto a numerosos testimonios de caridad y solidaridad, están cobrando un nuevo impulso diversas formas de nacionalismo, racismo, xenofobia e incluso guerras y conflictos que siembran muerte y destrucción.

Estos y otros eventos, que han marcado el camino de la humanidad en el último año, nos enseñan la importancia de hacernos cargo los unos de los otros y también de la creación, para construir una sociedad basada en relaciones de fraternidad. Por eso he elegido como tema de este mensaje: La cultura del cuidado como camino de paz. Cultura del cuidado para erradicar la cultura de la indiferencia, del rechazo y de la confrontación, que suele prevalecer hoy en día.

2. Dios Creador, origen de la vocación humana al cuidado

En muchas tradiciones religiosas, hay narraciones que se refieren al origen del hombre, a su relación con el Creador, con la naturaleza y con sus semejantes. En la Biblia, el Libro del Génesis revela, desde el principio, la importancia del cuidado o de la custodia en el proyecto de Dios por la humanidad, poniendo en evidencia la relación entre el hombre (’adam) y la tierra (’adamah), y entre los hermanos. En el relato bíblico de la creación, Dios confía el jardín “plantado en el Edén” (cf. Gn 2,8) a las manos de Adán con la tarea de “cultivarlo y cuidarlo” (cf. Gn 2,15). Esto significa, por un lado, hacer que la tierra sea productiva y, por otro, protegerla y hacer que mantenga su capacidad para sostener la vida[2]. Los verbos “cultivar” y “cuidar” describen la relación de Adán con su casa-jardín e indican también la confianza que Dios deposita en él al constituirlo señor y guardián de toda la creación.

El nacimiento de Caín y Abel dio origen a una historia de hermanos, cuya relación sería interpretada —negativamente— por Caín en términos de protección o custodia. Caín, después de matar a su hermano Abel, respondió así a la pregunta de Dios: «¿Acaso yo soy guardián de mi hermano?» (Gn 4,9)[3]. Sí, ciertamente. Caín era el “guardián” de su hermano. «En estos relatos tan antiguos, cargados de profundo simbolismo, ya estaba contenida una convicción actual: que todo está relacionado, y que el auténtico cuidado de nuestra propia vida y de nuestras relaciones con la naturaleza es inseparable de la fraternidad, la justicia y la fidelidad a los demás»[4].

3. Dios Creador, modelo del cuidado

La Sagrada Escritura presenta a Dios no sólo como Creador, sino también como Aquel que cuida de sus criaturas, especialmente de Adán, de Eva y de sus hijos. El mismo Caín, aunque cayera sobre él el peso de la maldición por el crimen que cometió, recibió como don del Creador una señal de protección para que su vida fuera salvaguardada (cf. Gn 4,15). Este hecho, si bien confirma la dignidad inviolable de la persona, creada a imagen y semejanza de Dios, también manifiesta el plan divino de preservar la armonía de la creación, porque «la paz y la violencia no pueden habitar juntas»[5].

Precisamente el cuidado de la creación está en la base de la institución del Shabbat que, además de regular el culto divino, tenía como objetivo restablecer el orden social y el cuidado de los pobres (cf. Gn 1,1-3; Lv 25,4). La celebración del Jubileo, con ocasión del séptimo año sabático, permitía una tregua a la tierra, a los esclavos y a los endeudados. En ese año de gracia, se protegía a los más débiles, ofreciéndoles una nueva perspectiva de la vida, para que no hubiera personas necesitadas en la comunidad (cf. Dt 15,4).

También es digna de mención la tradición profética, donde la cumbre de la comprensión bíblica de la justicia se manifestaba en la forma en que una comunidad trataba a los más débiles que estaban en ella. Por eso Amós (2,6-8; 8) e Isaías (58), en particular, hacían oír continuamente su voz en favor de la justicia para los pobres, quienes, por su vulnerabilidad y falta de poder, eran escuchados sólo por Dios, que los cuidaba (cf. Sal 34,7; 113,7-8).

4. El cuidado en el ministerio de Jesús

La vida y el ministerio de Jesús encarnan el punto culminante de la revelación del amor del Padre por la humanidad (cf. Jn 3,16). En la sinagoga de Nazaret, Jesús se manifestó como Aquel a quien el Señor ungió «para anunciar la buena noticia a los pobres, ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dejar en libertad a los oprimidos» (Lc 4,18). Estas acciones mesiánicas, típicas de los jubileos, constituyen el testimonio más elocuente de la misión que le confió el Padre. En su compasión, Cristo se acercaba a los enfermos del cuerpo y del espíritu y los curaba; perdonaba a los pecadores y les daba una vida nueva. Jesús era el Buen Pastor que cuidaba de las ovejas (cf. Jn 10,11-18; Ez 34,1-31); era el Buen Samaritano que se inclinaba sobre el hombre herido, vendaba sus heridas y se ocupaba de él (cf. Lc 10,30-37).

En la cúspide de su misión, Jesús selló su cuidado hacia nosotros ofreciéndose a sí mismo en la cruz y liberándonos de la esclavitud del pecado y de la muerte. Así, con el don de su vida y su sacrificio, nos abrió el camino del amor y dice a cada uno: “Sígueme y haz lo mismo” (cf. Lc 10,37).

5. La cultura del cuidado en la vida de los seguidores de Jesús

Las obras de misericordia espirituales y corporales constituyen el núcleo del servicio de caridad de la Iglesia primitiva. Los cristianos de la primera generación compartían lo que tenían para que nadie entre ellos pasara necesidad (cf. Hch 4,34-35) y se esforzaban por hacer de la comunidad un hogar acogedor, abierto a todas las situaciones humanas, listo para hacerse cargo de los más frágiles. Así, se hizo costumbre realizar ofrendas voluntarias para dar de comer a los pobres, enterrar a los muertos y sustentar a los huérfanos, a los ancianos y a las víctimas de desastres, como los náufragos. Y cuando, en períodos posteriores, la generosidad de los cristianos perdió un poco de dinamismo, algunos Padres de la Iglesia insistieron en que la propiedad es querida por Dios para el bien común. Ambrosio sostenía que «la naturaleza ha vertido todas las cosas para el bien común. [...] Por lo tanto, la naturaleza ha producido un derecho común para todos, pero la codicia lo ha convertido en un derecho para unos pocos»[6]. Habiendo superado las persecuciones de los primeros siglos, la Iglesia aprovechó la libertad para inspirar a la sociedad y su cultura. «Las necesidades de la época exigían nuevos compromisos al servicio de la caridad cristiana. Las crónicas de la historia reportan innumerables ejemplos de obras de misericordia. De esos esfuerzos concertados han surgido numerosas instituciones para el alivio de todas las necesidades humanas: hospitales, hospicios para los pobres, orfanatos, hogares para niños, refugios para peregrinos, entre otras»[7].

6. Los principios de la doctrina social de la Iglesia como fundamento de la cultura del cuidado

La diakonia de los orígenes, enriquecida por la reflexión de los Padres y animada, a lo largo de los siglos, por la caridad activa de tantos testigos elocuentes de la fe, se ha convertido en el corazón palpitante de la doctrina social de la Iglesia, ofreciéndose a todos los hombres de buena voluntad como un rico patrimonio de principios, criterios e indicaciones, del que extraer la “gramática” del cuidado: la promoción de la dignidad de toda persona humana, la solidaridad con los pobres y los indefensos, la preocupación por el bien común y la salvaguardia de la creación.

* El cuidado como promoción de la dignidad y de los derechos de la persona.

«El concepto de persona, nacido y madurado en el cristianismo, ayuda a perseguir un desarrollo plenamente humano. Porque persona significa siempre relación, no individualismo, afirma la inclusión y no la exclusión, la dignidad única e inviolable y no la explotación»[8]. Cada persona humana es un fin en sí misma, nunca un simple instrumento que se aprecia sólo por su utilidad, y ha sido creada para convivir en la familia, en la comunidad, en la sociedad, donde todos los miembros tienen la misma dignidad. De esta dignidad derivan los derechos humanos, así como los deberes, que recuerdan, por ejemplo, la responsabilidad de acoger y ayudar a los pobres, a los enfermos, a los marginados, a cada uno de nuestros «prójimos, cercanos o lejanos en el tiempo o en el espacio»[9].

* El cuidado del bien común.

Cada aspecto de la vida social, política y económica encuentra su realización cuando está al servicio del bien común, es decir del «conjunto de aquellas condiciones de la vida social que permiten a los grupos y cada uno de sus miembros conseguir más plena y fácilmente su propia perfección»[10]. Por lo tanto, nuestros planes y esfuerzos siempre deben tener en cuenta sus efectos sobre toda la familia humana, sopesando las consecuencias para el momento presente y para las generaciones futuras. La pandemia de Covid-19 nos muestra cuán cierto y actual es esto, puesto que «nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos»[11], porque «nadie se salva solo»[12] y ningún Estado nacional aislado puede asegurar el bien común de la propia población[13].

* El cuidado mediante la solidaridad.

La solidaridad expresa concretamente el amor por el otro, no como un sentimiento vago, sino como «determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos»[14]. La solidaridad nos ayuda a ver al otro —entendido como persona o, en sentido más amplio, como pueblo o nación— no como una estadística, o un medio para ser explotado y luego desechado cuando ya no es útil, sino como nuestro prójimo, compañero de camino, llamado a participar, como nosotros, en el banquete de la vida al que todos están invitados igualmente por Dios.

* El cuidado y la protección de la creación.

La encíclica Laudato si’ constata plenamente la interconexión de toda la realidad creada y destaca la necesidad de escuchar al mismo tiempo el clamor de los necesitados y el de la creación. De esta escucha atenta y constante puede surgir un cuidado eficaz de la tierra, nuestra casa común, y de los pobres. A este respecto, deseo reafirmar que «no puede ser real un sentimiento de íntima unión con los demás seres de la naturaleza si al mismo tiempo en el corazón no hay ternura, compasión y preocupación por los seres humanos»[15]. «Paz, justicia y conservación de la creación son tres temas absolutamente ligados, que no podrán apartarse para ser tratados individualmente so pena de caer nuevamente en el reduccionismo»[16].

7. La brújula para un rumbo común

En una época dominada por la cultura del descarte, frente al agravamiento de las desigualdades dentro de las naciones y entre ellas[17], quisiera por tanto invitar a los responsables de las organizaciones internacionales y de los gobiernos, del sector económico y del científico, de la comunicación social y de las instituciones educativas a tomar en mano la “brújula” de los principios anteriormente mencionados, para dar un rumbo común al proceso de globalización, «un rumbo realmente humano»[18]. Esta permitiría apreciar el valor y la dignidad de cada persona, actuar juntos y en solidaridad por el bien común, aliviando a los que sufren a causa de la pobreza, la enfermedad, la esclavitud, la discriminación y los conflictos. A través de esta brújula, animo a todos a convertirse en profetas y testigos de la cultura del cuidado, para superar tantas desigualdades sociales. Y esto será posible sólo con un fuerte y amplio protagonismo de las mujeres, en la familia y en todos los ámbitos sociales, políticos e institucionales.

La brújula de los principios sociales, necesaria para promover la cultura del cuidado, es también indicativa para las relaciones entre las naciones, que deberían inspirarse en la fraternidad, el respeto mutuo, la solidaridad y el cumplimiento del derecho internacional. A este respecto, debe reafirmarse la protección y la promoción de los derechos humanos fundamentales, que son inalienables, universales e indivisibles[19].

También cabe mencionar el respeto del derecho humanitario, especialmente en este tiempo en que los conflictos y las guerras se suceden sin interrupción. Lamentablemente, muchas regiones y comunidades ya no recuerdan una época en la que vivían en paz y seguridad. Muchas ciudades se han convertido en epicentros de inseguridad: sus habitantes luchan por mantener sus ritmos normales porque son atacados y bombardeados indiscriminadamente por explosivos, artillería y armas ligeras. Los niños no pueden estudiar. Los hombres y las mujeres no pueden trabajar para mantener a sus familias. La hambruna echa raíces donde antes era desconocida. Las personas se ven obligadas a huir, dejando atrás no sólo sus hogares, sino también la historia familiar y las raíces culturales.

Las causas del conflicto son muchas, pero el resultado es siempre el mismo: destrucción y crisis humanitaria. Debemos detenernos y preguntarnos: ¿qué ha llevado a la normalización de los conflictos en el mundo? Y, sobre todo, ¿cómo podemos convertir nuestro corazón y cambiar nuestra mentalidad para buscar verdaderamente la paz en solidaridad y fraternidad?

Cuánto derroche de recursos hay para las armas, en particular para las nucleares[20], recursos que podrían utilizarse para prioridades más importantes a fin de garantizar la seguridad de las personas, como la promoción de la paz y del desarrollo humano integral, la lucha contra la pobreza y la satisfacción de las necesidades de salud. Además, esto se manifiesta a causa de los problemas mundiales como la actual pandemia de Covid-19 y el cambio climático. Qué valiente decisión sería «constituir con el dinero que se usa en armas y otros gastos militares “un Fondo mundial” para poder derrotar definitivamente el hambre y ayudar al desarrollo de los países más pobres»[21].

8. Para educar a la cultura del cuidado

La promoción de la cultura del cuidado requiere un proceso educativo y la brújula de los principios sociales se plantea con esta finalidad, como un instrumento fiable para diferentes contextos relacionados entre sí. Me gustaría ofrecer algunos ejemplos al respecto.

— La educación para el cuidado nace en la familia, núcleo natural y fundamental de la sociedad, donde se aprende a vivir en relación y en respeto mutuo. Sin embargo, es necesario poner a la familia en condiciones de cumplir esta tarea vital e indispensable.

— Siempre en colaboración con la familia, otros sujetos encargados de la educación son la escuela y la universidad y, de igual manera, en ciertos aspectos, los agentes de la comunicación social[22]. Dichos sujetos están llamados a transmitir un sistema de valores basado en el reconocimiento de la dignidad de cada persona, de cada comunidad lingüística, étnica y religiosa, de cada pueblo y de los derechos fundamentales que derivan de estos. La educación constituye uno de los pilares más justos y solidarios de la sociedad.

— Las religiones en general, y los líderes religiosos en particular, pueden desempeñar un papel insustituible en la transmisión a los fieles y a la sociedad de los valores de la solidaridad, el respeto a las diferencias, la acogida y el cuidado de los hermanos y hermanas más frágiles. A este respecto, recuerdo las palabras del Papa Pablo VI dirigidas al Parlamento ugandés en 1969: «No temáis a la Iglesia. Ella os honra, os forma ciudadanos honrados y leales, no fomenta rivalidades ni divisiones, trata de promover la sana libertad, la justicia social, la paz; si tiene alguna preferencia es para los pobres, para la educación de los pequeños y del pueblo, para la asistencia a los abandonados y a cuantos sufren»[23].

— A todos los que están comprometidos al servicio de las poblaciones, en las organizaciones internacionales gubernamentales y no gubernamentales, que desempeñan una misión educativa, y a todos los que, de diversas maneras, trabajan en el campo de la educación y la investigación, los animo nuevamente, para que se logre el objetivo de una educación «más abierta e incluyente, capaz de la escucha paciente, del diálogo constructivo y de la mutua comprensión»[24]. Espero que esta invitación, hecha en el contexto del Pacto educativo global, reciba un amplio y renovado apoyo.

9. No hay paz sin la cultura del cuidado

La cultura del cuidado, como compromiso común, solidario y participativo para proteger y promover la dignidad y el bien de todos, como una disposición al cuidado, a la atención, a la compasión, a la reconciliación y a la recuperación, al respeto y a la aceptación mutuos, es un camino privilegiado para construir la paz. «En muchos lugares del mundo hacen falta caminos de paz que lleven a cicatrizar las heridas, se necesitan artesanos de paz dispuestos a generar procesos de sanación y de reencuentro con ingenio y audacia»[25].

En este tiempo, en el que la barca de la humanidad, sacudida por la tempestad de la crisis, avanza con dificultad en busca de un horizonte más tranquilo y sereno, el timón de la dignidad de la persona humana y la “brújula” de los principios sociales fundamentales pueden permitirnos navegar con un rumbo seguro y común. Como cristianos, fijemos nuestra mirada en la Virgen María, Estrella del Mar y Madre de la Esperanza. Trabajemos todos juntos para avanzar hacia un nuevo horizonte de amor y paz, de fraternidad y solidaridad, de apoyo mutuo y acogida. No cedamos a la tentación de desinteresarnos de los demás, especialmente de los más débiles; no nos acostumbremos a desviar la mirada[26], sino comprometámonos cada día concretamente para «formar una comunidad compuesta de hermanos que se acogen recíprocamente y se preocupan los unos de los otros»[27].


Fuente: Vaticano.


[1] Cf. Videomensaje con motivo de la 75.ª Sesión de la Asamblea General de las Naciones Unidas, 25 septiembre 2020.

[2] Cf. Carta enc. Laudato si’ (24 mayo 2015), 67.

[3] Cf. La fraternidad, fundamento y camino para la paz”. Mensaje para la celebración de la 47.a Jornada Mundial de la Paz1 enero 2014 (8 diciembre 2013), 2.

[4] Carta enc. Laudato si’ (24 mayo 2015), 70.

[5] Pontificio Consejo “Justicia y Paz”, Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 488.

[6] De officiis, 1, 28, 132: PL 16, 67.

[7] K. Bihlmeyer - H. Tüchle, Church History, vol.1, Westminster, The Newman Press, 1958, pp. 373-374.

[8] Discurso a los participantes en el Congreso organizado por el Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral en el 50.o aniversario de la Carta encíclica “Populorum progressio (4 abril 2017).

[9] Mensaje a la 22.ª Sesión de la Conferencia de las Partes de la Convención marco de las Naciones Unidas sobre el cambio climático (COP22), 10 noviembre 2016. Cf. Grupo de Trabajo interdicasterial de la Santa Sede sobre la Ecología Integral, En camino para el cuidado de la casa común. A cinco años de la Laudato si’, LEV, 31 mayo 2020.

[10] Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 26.

[11] Momento extraordinario de oración en tiempos de pandemia, 27 marzo 2020.

[12] Ibíd.

[13] Cf. Carta enc. Fratelli tutti (3 octubre 2020), 8153.

[14] S. Juan Pablo II, Carta. enc. Sollicitudo rei socialis (30 diciembre 1987), 38.

[15] Carta enc. Laudato si’ (24 mayo 2015), 91.

[16] Conferencia del Episcopado Dominicano, Carta pastoral Sobre la relación del hombre con la naturaleza (21 enero 1987); cf. Carta enc. Laudato si’ (24 mayo 2015), 92.

[17] Cf. Carta enc. Fratelli tutti (3 octubre 2020), 125.

[18] Ibíd., 29.

[19] Cf. Mensaje a los participantes en la Conferencia internacional “Los derechos humanos en el mundo contemporáneo: conquistas, omisiones, negaciones”, Roma, 10-11 diciembre 2018.

[20] Cf. Mensaje a la Conferencia de la ONU para la negociación de un instrumento jurídicamente vinculante sobre la prohibición de las armas nucleares que conduzca a su total eliminación, 23 marzo 2017.

[21] Videomensaje para la Jornada Mundial de la Alimentación, 16 octubre 2020.

[22] Cf. Benedicto XVI, “Educar a los jóvenes en la justicia y la paz”. Mensaje para la celebración de la 45.a Jornada Mundial de la Paz, 1 enero 2012 (8 diciembre 2011), 2; “Vence la indiferencia y conquista la paz”. Mensaje para la celebración de la 49.a Jornada Mundial de la Paz, 1 enero 2016 (8 diciembre 2015), 6.

[23] Discurso a los Diputados y Senadores de UgandaKampala, 1 agosto 1969.

[24] Mensaje para el lanzamiento del Pacto Educativo, 12 septiembre 2019.

[25] Carta. enc. Fratelli tutti (3 octubre 2020), 225.

[26]Cf. Ibíd., 64.

[27] Ibíd., 96; cf. “La fraternidad, fundamento y camino para la paz”. Mensaje para la 47.ª Jornada Mundial de la Paz1 enero 2014 (8 diciembre 2013), 1.

miércoles, 30 de diciembre de 2020

Mensaje Navideño Urbi et Orbi del PAPA FRANCISCO.

 

Queridos hermanos y hermanas: ¡Feliz Navidad!

Deseo hacer llegar a todos el mensaje que la Iglesia anuncia en esta fiesta, con las palabras del profeta Isaías: «Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado» (Is 9,5).

Ha nacido un niño: el nacimiento es siempre una fuente de esperanza, es la vida que florece, es una promesa de futuro. Y este Niño, Jesús, “ha nacido para nosotros”: un nosotros sin fronteras, sin privilegios ni exclusiones. El Niño que la Virgen María dio a luz en Belén nació para todos: es el “hijo” que Dios ha dado a toda la familia humana.

Gracias a este Niño, todos podemos dirigirnos a Dios llamándolo “Padre”, “Papá”. Jesús es el Unigénito; nadie más conoce al Padre sino Él. Pero Él vino al mundo precisamente para revelarnos el rostro del Padre. Y así, gracias a este Niño, todos podemos llamarnos y ser verdaderamente hermanos: de todos los continentes, de todas las lenguas y culturas, con nuestras identidades y diferencias, sin embargo, todos hermanos y hermanas.

En este momento de la historia, marcado por la crisis ecológica y por los graves desequilibrios económicos y sociales, agravados por la pandemia del coronavirus, necesitamos más que nunca la fraternidad. Y Dios nos la ofrece dándonos a su Hijo Jesús: no una fraternidad hecha de bellas palabras, de ideales abstractos, de sentimientos vagos... No. Una fraternidad basada en el amor real, capaz de encontrar al otro que es diferente a mí, de compadecerse de su sufrimiento, de acercarse y de cuidarlo, aunque no sea de mi familia, de mi etnia, de mi religión; es diferente a mí pero es mi hermano, es mi hermana. Y esto es válido también para las relaciones entre los pueblos y las naciones: Hermanos todos.

En Navidad celebramos la luz de Cristo que viene al mundo y Él viene para todos, no sólo para algunos. Hoy, en este tiempo de oscuridad y de incertidumbre por la pandemia, aparecen varias luces de esperanza, como el desarrollo de las vacunas. Pero para que estas luces puedan iluminar y llevar esperanza al mundo entero, deben estar a disposición de todos. No podemos dejar que los nacionalismos cerrados nos impidan vivir como la verdadera familia humana que somos. No podemos tampoco dejar que el virus del individualismo radical nos venza y nos haga indiferentes al sufrimiento de otros hermanos y hermanas. No puedo ponerme a mí mismo por delante de los demás, colocando las leyes del mercado y de las patentes por encima de las leyes del amor y de la salud de la humanidad. Pido a todos: a los responsables de los estados, a las empresas, a los organismos internacionales, de promover la cooperación y no la competencia, y de buscar una solución para todos. Vacunas para todos, especialmente para los más vulnerables y necesitados de todas las regiones del planeta. ¡Poner en primer lugar a los más vulnerables y necesitados!

Que el Niño de Belén nos ayude, pues, a ser disponibles, generosos y solidarios, especialmente con las personas más frágiles, los enfermos y todos aquellos que en este momento se encuentran sin trabajo o en graves dificultades por las consecuencias económicas de la pandemia, así como con las mujeres que en estos meses de confinamiento han sufrido violencia doméstica.

Ante un desafío que no conoce fronteras, no se pueden erigir barreras. Estamos todos en la misma barca. Cada persona es mi hermano. En cada persona veo reflejado el rostro de Dios y, en los que sufren, vislumbro al Señor que pide mi ayuda. Lo veo en el enfermo, en el pobre, en el desempleado, en el marginado, en el migrante y en el refugiado: todos hermanos y hermanas.

En el día en que la Palabra de Dios se hace niño, volvamos nuestra mirada a tantos niños que en todo el mundo, especialmente en Siria, Irak y Yemen, están pagando todavía el alto precio de la guerra. Que sus rostros conmuevan las conciencias de las personas de buena voluntad, de modo que se puedan abordar las causas de los conflictos y se trabaje con valentía para construir un futuro de paz.

Que este sea el momento propicio para disolver las tensiones en todo Oriente Medio y en el Mediterráneo oriental.

Que el Niño Jesús cure nuevamente las heridas del amado pueblo de Siria, que desde hace ya un decenio está exhausto por la guerra y sus consecuencias, agravadas aún más por la pandemia. Que lleve consuelo al pueblo iraquí y a todos los que se han comprometido en el camino de la reconciliación, especialmente a los yazidíes, que han sido duramente golpeados en los últimos años de guerra. Que porte paz a Libia y permita que la nueva fase de negociaciones en curso acabe con todas las formas de hostilidad en el país.

Que el Niño de Belén conceda fraternidad a la tierra que lo vio nacer. Que los israelíes y los palestinos puedan recuperar la confianza mutua para buscar una paz justa y duradera a través del diálogo directo, capaz de acabar con la violencia y superar los resentimientos endémicos, para dar testimonio al mundo de la belleza de la fraternidad.

Que la estrella que iluminó la noche de Navidad sirva de guía y aliento al pueblo del Líbano para que, en las dificultades que enfrenta, con el apoyo de la Comunidad internacional no pierda la esperanza. Que el Príncipe de la Paz ayude a los dirigentes del país a dejar de lado los intereses particulares y a comprometerse con seriedad, honestidad y transparencia para que el Líbano siga un camino de reformas y continúe con su vocación de libertad y coexistencia pacífica.

Que el Hijo del Altísimo apoye el compromiso de la comunidad internacional y de los países involucrados de mantener el cese del fuego en el Alto Karabaj, como también en las regiones orientales de Ucrania, y a favorecer el diálogo como única vía que conduce a la paz y a la reconciliación.

Que el Divino Niño alivie el sufrimiento de las poblaciones de Burkina Faso, de Malí y de Níger, laceradas por una grave crisis humanitaria, en cuya base se encuentran extremismos y conflictos armados, pero también la pandemia y otros desastres naturales; que haga cesar la violencia en Etiopía, donde, a causa de los enfrentamientos, muchas personas se ven obligadas a huir; que consuele a los habitantes de la región de Cabo Delgado, en el norte de Mozambique, víctimas de la violencia del terrorismo internacional; y aliente a los responsables de Sudán del Sur, Nigeria y Camerún a que prosigan el camino de fraternidad y diálogo que han emprendido.

Que la Palabra eterna del Padre sea fuente de esperanza para el continente americano, particularmente afectado por el coronavirus, que ha exacerbado los numerosos sufrimientos que lo oprimen, a menudo agravados por las consecuencias de la corrupción y el narcotráfico. Que ayude a superar las recientes tensiones sociales en Chile y a poner fin al sufrimiento del pueblo venezolano.

Que el Rey de los Cielos proteja a los pueblos azotados por los desastres naturales en el sudeste asiático, especialmente en Filipinas y Vietnam, donde numerosas tormentas han causado inundaciones con efectos devastadores para las familias que viven en esas tierras, en términos de pérdida de vidas, daños al medio ambiente y repercusiones para las economías locales.

Y pensando en Asia, no puedo olvidar al pueblo Rohinyá: Que Jesús, nacido pobre entre los pobres, lleve esperanza a su sufrimiento.

Queridos hermanos y hermanas:

«Un niño nos ha nacido» (Is 9,5). ¡Ha venido para salvarnos! Él nos anuncia que el dolor y el mal no tienen la última palabra. Resignarse a la violencia y a la injusticia significaría rechazar la alegría y la esperanza de la Navidad.

En este día de fiesta pienso de modo particular en todos aquellos que no se dejan abrumar por las circunstancias adversas, sino que se esfuerzan por llevar esperanza, consuelo y ayuda, socorriendo a los que sufren y acompañando a los que están solos.

Jesús nació en un establo, pero envuelto en el amor de la Virgen María y san José. Al nacer en la carne, el Hijo de Dios consagró el amor familiar. Mi pensamiento se dirige en este momento a las familias: a las que no pueden reunirse hoy, así como a las que se ven obligadas a quedarse en casa. Que la Navidad sea para todos una oportunidad para redescubrir la familia como cuna de vida y de fe; un lugar de amor que acoge, de diálogo, de perdón, de solidaridad fraterna y de alegría compartida, fuente de paz para toda la humanidad.

A todos, ¡Feliz Navidad!


Fuente: Vaticano.